Entrevistas

3 DE SEPTIEMBRE DE 2026 | DESAMPARO Y SUBJETIVIDAD

Juventudes, subjetividad y malestar: los desafíos de una época

En diálogo con El PSITIO, Jorge Catelli analiza las transformaciones en los modos de construcción de la subjetividad y los vínculos en las nuevas generaciones. El psicoanalista aborda el malestar contemporáneo, el impacto de las redes sociales y del llamado “Otro algorítmico”, las violencias y el lugar que deben asumir los adultos frente a los jóvenes. “Escuchar a la juventud es darle lugar a lo disruptivo de su deseo”, sostiene.

Por Lic. Prof. Carolina Duek
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Las juventudes contemporáneas transitan un escenario atravesado por profundas transformaciones sociales, culturales y tecnológicas. Las formas de vincularse, construir identificaciones y proyectar un futuro se encuentran tensionadas entre la necesidad de reconocimiento y un contexto marcado por la incertidumbre, el rendimiento y la fragilidad de los espacios tradicionales de amparo. En esta entrevista, Jorge Eduardo Catelli propone pensar estas transformaciones desde el psicoanálisis, diferenciando la constitución del sujeto de los modos de producción de subjetividad y deteniéndose en aquello que la época imprime sobre las nuevas generaciones.

-En sus investigaciones y escritos aparece con fuerza la cuestión de las juventudes y la subjetividad. ¿Qué transformaciones observa actualmente en los modos en que los jóvenes construyen su identidad y sus vínculos?
-En primer lugar, es preciso formular la cuestión en plural: prefiero hablar de las juventudes y las adolescencias. Esta distinción no es puramente gramatical o nominal; responde a la exigencia ética y metodológica de situar la singularidad de cada trayecto dentro de sus coordenadas sociohistóricas, desarticulando las lecturas homogeneizadoras, atemporales o evolutivas sobre las etapas vitales.
Asimismo, en los desarrollos e investigaciones en que he participado y participo actualmente, resulta imprescindible establecer una distinción teórico-epistemológica fundamental entre la constitución del sujeto y los modos de producción de subjetividad. Mientras que la constitución del sujeto remite a las operaciones estructurales e invariantes del aparato psíquico —la organización psíquica ante el desamparo originario, la prematuración biológica, la inscripción del inconsciente, los mecanismos de producción de formaciones de lo inconsciente, la castración y la estructuración del complejo de Edipo—, la producción de subjetividad alude al entramado sociohistórico, cultural e institucional que modela los discursos, significaciones, modos de estar con otros e ideales de una época determinada. Vale decir, la subjetividad va a mostrar “modos de darse” del “sujeto”. La subjetividad está situada, atravesada por su época, el momento sociohistórico en que se da, en un determinado tiempo y contexto.
La tensión contemporánea surge precisamente en la intersección de ambos planos: la estructura del sujeto, que demanda la construcción de referentes simbólicos fuera del ámbito familiar para tramitar su posición exogámica, se encuentra hoy con coordenadas de época que promueven ideales de autosuficiencia, conectividad ilimitada, rendimiento individualista de tinte mercantil e inmediatez. En este escenario, las tramas institucionales tradicionales que ofrecían un piso previsible de amparo y transmisión intergeneracional se hallan seriamente fragilizadas.
Puede observarse así que la construcción de las identidades e identificaciones ya no se sostiene con firmeza en los ordenadores clásicos. En su lugar, los vínculos juveniles suelen estar atravesados por una oscilación entre la búsqueda de reconocimiento en el colectivo de pares y una latente vivencia de desamparo frente a un horizonte social signado, para gran parte de la población mundial, por la incertidumbre. La identidad no se consolida como un estado fijo ni atemporal, sino como una búsqueda reactualizada en un "entre" vincular, donde el lazo con los otros fluctúa entre la exigencia de alojamiento simbólico y el riesgo constante de la desafectivación o el aislamiento psíquico, con el horizonte de la posible construcción de un proyecto de vida singular.

-¿Qué particularidades presenta hoy el malestar en las juventudes y qué diferencias encuentra respecto de otras épocas?
-Me parece importante diferenciar y definir a qué cosa llamamos “malestar”. Hay un malestar en términos de lo displacentero, de lo que no produce una satisfacción inmediata. Ese es el sentido más común y la concepción más laxa que puede ser adjudicada a un sujeto o a un grupo etáreo o bien a una generación, entre otras posibilidades. El malestar planteado por Freud, ese Unbehagen descubre otra cuestión estructural y mucho más compleja respecto del ser humano, en la que aceptar la Ley como modo de regulación con los otros, implica una renuncia a la satisfacción pulsional directa, al menos en parte. Sin embargo esta renuncia pulsional, no es sin un altísimo costo. Este costo es la desmezcla pulsional deja libre pulsión de muerte y, con ella, la aparición de guerras, muerte, enfermedad y otras calamidades que también son parte de la civilización. Ese es el malestar en términos psicoanalíticos. Si la operación del malestar estructural descrita por el psicoanálisis supone que el ingreso a la Cultura requiere el renunciamiento a ciertas satisfacciones pulsionales a cambio de amparo y filiación, el malestar contemporáneo en las juventudes adquiere un sesgo paradojal. Hoy presenciamos un contexto atravesado por lo que hemos denominado dolor social: un sufrimiento que se engendra, en porciones cada vez más numerosas de nuestra sociedad, en la desigualdad material y simbólica, en la precariedad de certezas sobre el futuro y en la insistente vivencia de no contar con proyectos de vida previsibles.
A diferencia de épocas anteriores donde el malestar juvenil se tramitaba predominantemente en la tensión frente a la norma, el mandato familiar o la inhibición neurótica, hoy el malestar se manifiesta con frecuencia bajo el signo del desamparo, la desesperanza y la desvalidez. Abundan modalidades de sufrimiento asociadas a la angustia de no estar "a la altura" de las exigencias del rendimiento, de la optimización y de los modelos de éxito efímero promovidos por la lógica de mercado. Sin embargo es importante no afirmar estas ideas de modo generalizado y globalizante y, a su vez, señalar que cada sujeto ha de afrontar esas complejidades con los recursos de su propia estructuración psíquica, en función de las cuales va a responder de modo diverso a tales situaciones. Nos encontramos aquí ante la singularidad, propia de las subjetividades.
Cuando el medio social e institucional falla en ofrecer horizontes significativos de proyección y refugio, la tramitación simbólica del sufrimiento se dificulta. En esas coordenadas, la desmezcla pulsional queda en riesgo de no encontrar los diques del trabajo del duelo y la sublimación, derivando en expresiones de letargo subjetivo, desafectivación o, en el extremo opuesto, en pasajes al acto y manifestaciones de desborde pulsional. Pero insisto que aquí, no es posible presentarlo más que como pinceladas de época, ya que con cada subjetividad mostrará modos singulares de darse, tanto de esa estructura, como de los atravesamientos de época.

-¿Cómo piensa, desde el psicoanálisis, el lugar que tienen actualmente las redes sociales y los espacios digitales en la construcción de las identificaciones?
-Nos encontramos ante la emergencia de lo que he denominado un "nuevo Otro algorítmico". Este dispositivo digital no es un mero instrumento de comunicación; opera como una instancia que anticipa demandas, ofrece respuestas inmediatas y modela representaciones, aunque carece por completo de la dimensión de lo inconsciente, de la falta y del malentendido fundante. Esto queda, en tal caso, del lado del usuario.
En la construcción de las identificaciones juveniles, las plataformas digitales capturan la mirada y la experiencia a través de espejamientos continuos y métricas de aprobación que alimentan el circuito del ideal del yo. La cultura digital impone la ilusión transhumana de un sujeto optimizado, transparente y libre de fallas, donde la fragilidad y el tiempo de vacilación intentan ser erradicados. Funcionan, a su vez, como nuevas mascaradas del superyó exigente e imposible de satisfacer: nuevos modos de un imperativo de época que intenta someter a los modelos de la inmediatez y felicidad como standard, en tiempos de la autoexplotación.
Sin embargo, la identificación humana no se constituye sobre el cálculo ni sobre la eficacia del algoritmo, sino sobre la hiancia y el enigma respecto del deseo del Otro. Cuando el espacio digital pretende obturar el vacío con respuestas calculadas e imágenes estandarizadas, el sujeto puede quedar posicionado como un mero operador de comandos (prompts) dentro de una periferia simbólica, reduciendo el lenguaje a un cálculo y debilitando la densidad libidinal de los encuentros presenciales. Insisto en la potencialidad de estas posibilidades y no como generalización absoluta, sino un modo de responder a ciertas coordenadas, en relación con las cuales es necesario pensar la singularidad de las precipitaciones de las subjetividades.
-Desde su experiencia clínica y académica, ¿qué lugar debería ocupar el adulto frente al malestar de los jóvenes?
-El lugar del adulto ante las generaciones más jóvenes es necesariamente un lugar de cuidado, de disponibilidad y ante el que se puede acudir. Se vuelve imprescindible encarnar lo que en investigaciones en el campo educativo, en que he participado activamente, hemos formalizado bajo el concepto de función tutorial: una práctica institucional y ética orientada al alojamiento, el sostén y la promoción de la hospitalidad simbólica de los jóvenes.
El adulto —ya sea en la intimidad de la familia, como en escuela, la universidad o el ámbito comunitario— está llamado a ofrecerse como un refugio simbólico, un marco capaz de amortiguar el desamparo y de posibilitar la transmisión intergeneracional sin aplastar la singularidad del joven. Evocando la figura homérica de Mentor, quien es a cargo de quien deja Ulises -u Odiseo- a cargo de su hijo Telémaco, la intervención del adulto implica primero, una primera renuncia. En principio, la renuncia a no estar omnipresente, cuando es necesario dar lugar a otras figuras que sustituyen ese primer lugar. Algo sustantivo se despliega como exudado de la función parental, en otras figuras que ocupan cierta dimensión de esa función: por ejemplo los docentes, profesores, figuras tutoriales, líderes recreativos, entre otros. Por lo tanto, el lugar de quienes encarnan el lugar de los adultos, debería permitir no cerrarse en un saber clausurado ni en ofrecer soluciones mágicas, sino en prestar un acompañamiento que sostenga la pregunta del sujeto y favorezca las condiciones para que la juventud pueda emprender su propio viaje exogámico.
Ocupar este lugar exige la disposición ética a recibir el malestar -ahora en el sentido laxo del término- propio de las juventudes, tolerar las incertezas del proceso subjetivo y construir bordes simbólicos que permitan transformar la angustia en trabajo de elaboración y deseo.
Para pensar la disponibilidad de la función adulta ante las generaciones jóvenes, planteo desde hace años dos metáforas: la de la «estación de servicio», que representa aquella presencia clara, visible y previsible a la que el joven sabe que puede desviarse a buscar auxilio cuando así lo decida, sienta y necesite; y la del «camión de remolque», que evoca nuestra responsabilidad ética, subjetiva e institucional de ir hacia el otro cuando el adolescente, ganado por el desamparo o la inhibición, no logra pedir ayuda ni acercarse por sus propios medios. Ambas figuras sintetizan la actitud de amparo, escucha en vigilia y disponibilidad que docentes, familias, tutores y demás representantes del universo adulto, considero que debemos sostener como borde simbólico frente a las nuevas generaciones.

-¿Qué puede aportar hoy el psicoanálisis para pensar las violencias y los conflictos que atraviesan a las nuevas generaciones?
-El psicoanálisis aporta una herramienta fundamental: desplazar la mirada desde el "sujeto violento" considerado aisladamente, hacia la indagación de las sobredeterminaciones multicausales que intervienen inconscientemente en ese sujeto, así como las condiciones de producción de las violencias en sus tramas institucionales y sociales. Calificar a un joven como “joven-problema”, "alumno-problema" o etiquetarlo como violento constituye una operación de individualización, casi acusatoria, que lejos de subjetivar y poder abrir líneas de pensamiento, lo estigmatiza y, a su vez, desresponsabiliza a las instituciones, transformando una problemática vincular e inconsciente en una cualidad inherente al sujeto.
Las violencias que irrumpen en el espacio escolar o social son, con frecuencia, manifestaciones del dolor social no tramitado, de vivencias de humillación o de la ausencia de palabras para nombrar la afección, sobredeterminadas por factores singulares que hacen a las subjetividades y entramadas en contextos de historias y recorridos vitales de cada ser humano. En un clima de época donde la crueldad y la descalificación del otro se difunden con fuerza como modos cotidianos de funcionamiento naturalizado, el psicoanálisis contribuye a distinguir entre las violencias espectaculares y aquellas violencias de baja intensidad que deterioran soterradamente el tejido de los vínculos, produciendo una subjetivación mayor, en el mejor de los casos, quienes son parte de esas escenas violentas.
El aporte analítico radica en abrir espacios de escucha activa donde el acto violento no sea abordado únicamente de manera punitiva o segregativa, sino interpretado como un síntoma que demanda lectura. Se trata de propiciar condiciones que permitan sustituir el pasaje al acto por la palabra, reponiendo el lazo social allí donde se ha producido la ruptura. Creo que también es importante aquí distinguir actuaciones “con retorno”, (acting-out) vale decir, actos violentos que pueden ofrecer la oportunidad de reparación, de otro tipo de violencias sin retorno (pasajes al acto): aquéllas que no dan lugar a reparación alguna por la gravedad de las acciones violentas y las consecuencias de las mismas. De ahí la importancia de la escucha en vigilia, (no “vigilante”, que suena más a control, sino “despiertos” ante nuestros jóvenes, “en vigilia”). Es poder ser receptivos y atentos a lo que es siempre una demanda, más explícita o más latente, por parte de los jóvenes.

-Para cerrar: ¿qué considera imprescindible escuchar de la juventud para comprender el malestar de nuestra época?
-Nuevamente, surge la contrapregunta acerca de qué entendemos por “el malestar de nuestra época”. ¿Hay un “malestar de nuestra época”? ¿Hay un modo de época, en que se produce el malestar en la cultura? Vayamos por partes. Lo que ya comenté anteriormente, en relación con los efectos de la desmezcla pulsional, la liberación de pulsión de muerte, atraviesan todas las épocas, en tanto dan cuenta de ese efecto de las pulsionales a las que la Cultura somete a los sujetos para vivir en sociedad. Menuda paradoja. Tal vez sea menester pensar qué particularidad presenta el mentado malestar -el descubierto por el psicoanálisis- en nuestro tiempo.
Dicho esto, considero imprescindible escuchar la dimensión de los modos singulares en que se manifiesta el desamparo y las formas específicas en que las juventudes expresan sus sufrimientos frente a las paradojas del mundo contemporáneo. Si bien la paradoja del “malestar en la cultura” es parte de la condición humana en la civilización, aún ante esas paradojas reveladas por el psicoanálisis, es necesario dar respuesta a los sufrimientos de nuestros jóvenes, como responsabilidad del mundo adulto. Es necesario escuchar aquello que habita entrelíneas en sus silencios, sus síntomas, sus producciones culturales y sus modos de habitar las redes: la demanda ininterrumpida de ser alojados y reconocidos en su alteridad.
Escuchar a la juventud implica no apresurarse a juzgar sus lenguajes desde las coordenadas de nuestras propias certezas adultas ni reducir sus dificultades a fallas individuales de adaptación. Implica prestar atención a lo que sus malestares nos revelan sobre las fisuras de nuestra cultura, sobre los límites del rendimiento constante y sobre la urgencia de reponer espacios colectivos de amparo y pensamiento crítico. En definitiva, escuchar a los jóvenes es darle lugar a lo disruptivo de su deseo que es donde radica la verdadera vitalidad para reconfigurar el lazo social contemporáneo.

Jorge Eduardo Catelli es Psicoanalista, Doctor en Psicología. Miembro Titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Miembro Titular de la International Psychoanalytical Association. Miembro Plenario de la Federación Psicoanalítica para América Latina. Profesor e Investigador de la Universidad de Buenos Aires.

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