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7 DE NOVIEMBRE DE 2023 | ENCERRONA TRÁGICA

Psicoanálisis en tiempos de crisis

Hoy existe una carencia profunda, la pérdida de empatía generalizada y la entronización de un modo perverso de relación con la realidad y con los otros. La primera medida es restaurar la posibilidad del vínculo.

Por Luis Vicente Miguelez
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Hemos considerado al trauma como la irrupción en una vida de algo que no consigue ser asimilado, que al no lograr tramitarse insiste como memoria traumática, esto es, como repetición. Lo que constituye finalmente catástrofe en una vida es el borrado permanente que la instancia perversa pretende hacer de lo acontecido. La desmentida del hecho y la falsificación de la memoria convierten a lo traumático en catástrofe.

Cuestión que podemos reconocer por ejemplo en el abuso sexual de un adulto hacia un niño, donde el efecto de la desmentida que se hace de la situación de abuso tiene entre otras dramáticas consecuencias en la vida de ese niño, el que de adulto no pueda confiar ya en sus propias percepciones y que la realidad se vuelva algo poco seguro, falso e inestable. Poder instaurar un amparo de confianza que desarme la desmentida es tarea primera en cualquier psicoterapia de lo traumático. La actitud del analista consiste en primera instancia en crear una alteridad fiable, pero también falible, fuera de toda hipocresía profesional como alertaba Ferenczi.

Combatir el borrado que la instancia perversa efectúa sobre los rastros que deja el trauma es trabajo analítico y político. Analítico, en tanto se trata de contribuir a reconstruir una subjetividad que se vio atrapada en una encerrona trágica, como le gustaba decir a Fernando Ulloa, entre el abuso y su desmentida. Político en tanto posibilitar el inscribir como narración colectiva aquello que la instancia perversa pretende suprimir de la historia de una comunidad. Sabemos que las fake news, con las que se falsifica la historia, son vástagos de lo que en este siglo se denominó y saludó por muchos alegremente como la posverdad.

Las palabras se han alejado del mundo tanto, que se cree no necesitar de ninguna relación al referente para pretender sostener alguna verdad. Del disloque estructural de palabra y real hoy la palabra es solo espejo enfrentado a otro espejo. Y entre ambos un inquietante vacío. El despojar a la palabra totalmente de su amarre con la realidad de los hechos conduce a despojar a esta de su eficacia narrativa y verdadera. Estamos en un tiempo donde se ha multiplicado la sentencia de un Goebbels, esa de miente, miente que algo quedará. El resultado terrible es que ya no se puede llegar a reconocer el origen de la falsificación. Esto es lo que denomino la perversión del lenguaje.

Por otro lado y en oposición a esto, John Berger decía que desde los comienzos de los tiempos los hombres narraron a otros sus experiencias. Fue ese el primer autorretrato que se supieron dar los pueblos y que, siempre inacabado, nunca se deja de trabajar en él. La experiencia que es narrada a un otro es la garantía de que la palabra no se transforme en palabrerío.

Se trata en ambos casos, tanto el personal como el colectivo, de encontrar el modo de rescatarnos de los momentos donde el pánico o la locura es la única respuesta a la ausencia de palabras verdaderas que constituyan historia donde reconocerse. Se trata de reinventar el modo de unir los pedazos rotos de un espejo que estalló.

Hannah Arendt consideraba que la historia conoce muchos períodos de tiempos de oscuridad en donde el mundo se torna tan dudoso que la gente se siente inclinada a despreciarlo, como si el mundo solo fuera una fachada detrás de la cual la gente pudiera esconderse. Sin darse cuenta, continua reflexionando Arendt, que el mundo está entre la gente y que ese modo de estar-entre es lo que caracteriza al lazo social. Si se desprecia el mundo se daña el vínculo entre las personas. La carencia de mundo, concluye Arendt, es siempre una forma de barbarie.

A nosotros analistas nos debería interesar especialmente esta idea que propone Arendt, ya que nuestra práctica se desenvuelve en un espacio y una temporalidad “entre”. La experiencia del análisis sabemos que está preñada de memoria. Ella se va tejiendo con los hilos de lo sabido y de lo olvidado, para que “entre” lo no sabido y lo recordado emerja imprevisiblemente lo impensado. Recuperar esta dimensión es tarea analítica.

La experiencia y la memoria se encuentran entrelazadas en una narración cuando esta muerde de alguna manera lo verdadero de una vida. La narración concede a lo inolvidable un espacio de resonancia permanente. Concuerdo con Benjamin cuando dice que “sería lícito hablar de una vida o de un instante inolvidable, aun cuando todos los hombres lo hubiesen olvidado”. Vaya una formulación paradojal.

Al finalizar El malestar en la cultura, Freud se preguntaba si estaría justificado diagnosticar que muchas culturas y aun la humanidad toda ha devenido neurótica bajo el influjo de las aspiraciones culturales, es decir, ideales convertidos en mandatos superyoicos al estilo de “deberás amar a tu prójimo como a ti mismo”. El diagnóstico de la subjetividad de nuestro tiempo tiene que ser puesto hoy en revisión. No creo que todavía podamos hablar de neurosis: acertaríamos más si ubicáramos en el tejido social de nuestra época el predominio de formas narcisistas y perversas, en el sentido de un pacto fundado más en la desmentida de lo real que en la desmesura de la exigencia del ideal, y más en la supresión del otro como semejante que en el reconocimiento y aceptación del impedimento que este puede provocar a mis aspiraciones de goce.

La desorientación actual se hace sentir irremediablemente en los cuerpos. El padecimiento psíquico, que en la época de la neurosis social se manifestaba en síntomas ruidosos, hoy se expresa mayormente en enfermedades silenciosas que casi no interpelan a nada ni a nadie y que se nutren de píldoras narcotizantes.

Volviendo a la idea de encerrona trágica, es la manera que encuentro para caracterizar a nuestro tiempo.

La práctica del psicoanálisis nació y se desarrolló bien en medio de las crisis. Sean estas de índole personal o social. Sabe reconocer en una crisis al síntoma que muestra las fuerzas antagónicas en pugna. Y entiende que esa batalla se da en el terreno de un dispositivo especial, al que se bautizó como transferencial, esto es, el movimiento afectivo amoroso que puede detener la repetición compulsiva y transformarla en recuerdo o en construcción verdadera. Hace de una crisis una oportunidad de transformación, encontrar la punta del ovillo del que tirar del hilo del deseo que construye futuro.

Hoy la situación se plantea algo diferente. Estoy tentado en decir que no se trata de un tiempo de crisis tal cual la pensamos en análisis. Como he ido planteando pienso que se está ante una carencia profunda. La pérdida de empatía generalizada y la entronización de un modo perverso de relación con la realidad y con los otros. Avasallamiento de lo que en el sujeto configura singularidad.

Hoy día llegan a nuestros consultorios y especialmente a los servicios de salud mental aquellos que no pudiéndoselas arreglar con la vida necesitan de una mano para poder afrontar las penurias de un infausto destino. Con la otra mano tal vez señalen las ruinas de un mundo que se despedaza y despedaza. Al estallar el espejo, el loco se está convirtiendo en sujeto social por antonomasia que expresa esa disolución del lazo social que viene generando la coacción perversa.

Estamos en un tiempo que apropiándome de un término de la neurología podríamos denominar de una sensibilidad protopática, esto es, donde se percibe el dolor, pero no se localiza al agente y que funciona a todo o nada. Lo que nos conduce en muchos casos a la necesidad de situar lo que está produciendo el daño. Lo que en su momento Freud definió como la necesidad de la rectificación de la relación con la realidad. Y que hoy día nos conduce a intentar, como primera medida, restaurar la posibilidad del vínculo. La presencia del analista comienza entonces por restablecer la dañada capacidad de hablar de sí a alguien. Poder volver o empezar a confiar en ser escuchado.

Quisiera concluir con la referencia a un libro y a una historia que me resultó en su tiempo maravillosa y que sigue en mí resonando. Que concibe la vida como un lugar misterioso a ser explorado.

Se trata de las peripecias del adolescente Holden Cauldfiel, narradas sin tapujos y de una manera magistral por J. D. Salinger. Me estoy refiriendo como deducirán al Guardián en el centeno. La historia transcurre en una Nueva York que se recupera de la guerra, en un mundo que está cambiando.

Holden está conversando con su hermana Phoebe y le comenta, “te acuerdas de esa canción que dice 'Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno' y agrega 'Verás, muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura'”.

Quizás hoy nuestro trabajo tenga mucho de ese guardián en el centeno del libro de Salinger, cuidar los bordes del mundo para que se pueda afrontar la gimnasia de la vida sin caer en los abismos.

Luis Vicente Miguelez es psicoanalista.
Publicado en Psicología/Pagina12


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